El olor de los rituales
bloqueado y estropeado
por el velo asfixiante
sobre la màscara de carne.
Normalizadas las ilusiones
bajo mecanismos digitales:
las conexiones de sentido
engruesan por los registros,
y en la era de la informaciòn
hay sólo datos, ningún valor.
Lo que no ha cambiado es el consumo,
a pesar de haber disfrazado su cruel acción:
el precio a pagar es tiempo y es interno,
y el placer real se esconde bajo apetitosa apariencia;
el súbdito de la cultura, cocido en buen sazón.
Inmerso en la mente y el espacio
se manifiesta el saco y la nostalgia.
Dicotomías de formas, sombras y colores
abundan por doquier en las paredes,
pero la alegre coyuntura de los recuerdos está ausente,
y la parquedad del aislamiento ya no es casual sino adrede.
Pero por lo menos la intoxicación sigue vigente,
al igual que sus iluminaciones:
proyecciones y fantasías deformadas
bajo estímulos y etílicas maniobras
que en exceso son causa de abominaciones
y en mesura responsable de sanas reflexiones.
Y así, el olor de los rituales continúa vigente
aunque no lo perciba la carne,
porque de ellos participa quien ha sido estropeado
por participar en la denigrante realidad
de una sociedad asfixiante.
